Sin mediar más palabras, le sujetó con fuerza la muñeca a Enzo, apretando los dientes.
—¡Suéltala!
El aura agresiva de Alejandro puso en guardia a Enzo, quien no quiso soltar a Luciana por temor a que resultara lastimada. Con un español inseguro, le dijo:
—¿Quién eres tú? No le hagas daño.
Por desgracia, Alejandro no entendió ni una sola palabra. Pero lo que sí captó fue la negativa de aquel hombre a soltar a Luciana.
—¿Así que no quieres soltarla, eh? —Alejandro soltó una risa helada—. Entonces