La frialdad de Luciana lo hizo sentir un pinchazo de decepción. Ya lo sospechaba; ella no parecía nada feliz de verlo. Aun así, había supuesto que tal vez, en el fondo, se alegraría de su llegada.
“Bueno, ¿y ahora qué?”, pensó. Con un brillo en los ojos, de pronto recordó algo. Se acercó al oído de Luciana y le murmuró en voz suave:
—¿Te quedaste con ganas de las costillas asadas que estabas comiendo hace un rato?
—¿Eh? —Luciana se quedó atónita. ¿Por qué sacaba ese tema de pronto? Sin embargo,