Tras la sorpresa inicial, Luciana se recompuso. No le contestó de inmediato; en cambio, soltó una risa cargada de ironía:
—¿Por qué lo preguntas?
A Alejandro le bastó ver esa reacción para intuir que, en efecto, la había juzgado mal. Quizá sentía un extraño alivio… y, a la vez, cierta desazón. No sabía si alegrarse o frustrarse. Sostuvo su mirada y dijo en voz firme:
—Solo quiero saber la verdad.
—¿La verdad…? —repitió Luciana, con una sonrisa aún más cínica, como si de pronto se divirtiera con