Tomó asiento junto a la cama y revisó de reojo las cifras del monitor. Eran preocupantes.
—Fer… soy yo, Luciana. He venido —susurró con la voz ahogada en llanto.
No obtuvo respuesta, ni siquiera un leve movimiento. Luciana se debatió un momento antes de alargar su mano y rozar, con delicadeza, los dedos de Fernando. Luego se atrevió a sostener su mano con cuidado. Habló de nuevo, esta vez con la voz entrecortada:
—Fer, estoy aquí… vine a verte.
—¿Por qué hiciste esto? ¿Por qué no me dijiste que