—No, nada.
—¿Nada? —repitió él con desconfianza, y antes de que Luciana pudiera reaccionar, le arrebató el celular—. A ver.
—¡Oye, devuélvemelo! —protestó Luciana, poniéndose de pie de un brinco. Pero Alejandro, mucho más alto, levantó el brazo por encima de su alcance. Con la otra mano, la sujetó suavemente por la cabeza, impidiéndole moverse mientras deslizaba la pantalla.
El bloqueo automático aún no se activaba, así que le bastó con echar un vistazo para ver el historial de búsquedas. Ahí es