Poco después, Ricardo no pudo más.
Con el rostro enrojecido y un hipo intermitente, levantó ambas manos en señal de rendición.
—Señor Guzmán, de verdad no puedo seguir.
—¿Ah, no? —respondió Alejandro, fingiendo decepción—. Qué pena, tenía ganas de seguir compartiendo con usted esta noche especial.
Luciana, en silencio todo este tiempo, llamó discretamente al mesero y pidió una taza de agua caliente.
Cuando se la trajeron, la colocó frente a Ricardo.
—Beba un poco de agua caliente, le ayudará.
—G