Con el rostro helado y la piel blanca resplandeciendo bajo la luz, Luciana pasó de largo sin mirar atrás.
—¡Luciana!
Incapaz de detenerla, Alejandro presionó sus dedos contra sus sienes y, frustrado, la siguió rápidamente.
***
De regreso al comedor, todo estaba perfectamente dispuesto.
Ricardo, siempre atento, se apresuró a tomar asiento junto a Luciana, apartándole la silla con un gesto cortés.
—Adelante, Luciana. Siéntate aquí.
—Gracias. —Luciana tomó asiento, como si todo estuviera en perfect