Negó con la cabeza sin dudar.
—No, no podemos.
Ese "no" le cayó como un balde de agua fría. Alejandro sintió como si algo le pinchara el corazón.
—¿Me odias tanto?
—No es eso. —Ella rió con ligereza y lo miró con una mezcla de ternura y resignación—. Sabes bien que Mónica y yo no nos llevamos, así que, por tu bien, no solo no podemos ser amigos. Lo mejor sería que no volviéramos a vernos.
Hizo una pausa y añadió con calma:
—Si un día nos encontramos por accidente, actúa como si no me conocieras.