Fernando nunca mentía, y Luciana podía imaginarse que realmente había estado allí esperando, día tras día, con la esperanza de verla. Esa idea le conmovió el corazón.
Además, había cosas que debían aclararse. Así que dijo:
—Vamos a cenar juntos.
Fernando sonrió, complacido.
—Claro, me encantaría.
Aunque ella había dicho que solo quería comer algo ligero, Fernando escogió un restaurante especial, con comida que sabía que le gustaba. Los platillos que ordenó eran todos sus favoritos.
Cuando llegó