—Está bien, ya me contó —dijo Luciana cuando volvió de la llamada.
Alejandro estaba de espaldas, callado, haciéndose el ofendido para que lo apapacharan.
—Ale… —susurró ella, tumbándose a su lado.
Él no contestó ni abrió los ojos.
—No te enojes —Luciana se acurrucó en su abrazo, le alzó la cara y lo besó—. No seas así, amor… cariño…
Alargó la última sílaba, traviesa y dulce. Alejandro no resistía cuando ella se ponía así: la sujetó de un brazo y la metió bajo las cobijas; sin más palabras, le ta