En la casa de los Hernández, lo que decía Laura era ley.
Marc refunfuñó un rato, pero al final aceptó a regañadientes.
—Hermano —Martina lo jaló a un lado—, no pongas esa cara. Es una cita arreglada, no una boda. La conoces, y si no te gusta, la invitas a cenar con toda cortesía y ya.
—Ajá —Marc esbozó una sonrisa torcida—. Supongo que no hay de otra.
Aquella noche, obedeció la agenda de su madre y fue, muy formalito, a la cita.
Era la primera vez que Marc se veía con una chica con miras a una r