—Gracias —dijo Martina sin negarse y tomó el vaso—. Sé que no te falta dinero, así que no me voy a poner tímida… ¡bye!
Se dio la vuelta con el café en la mano y se fue. Salvador Moran se quedó donde estaba, mirando cómo su figura se alejaba. De pronto, como si ella supiera que él aún la observaba, alzó el brazo de espaldas y lo movió en un saludo.
—¡Me voy!
—Ja… —Salvador soltó una risa mínima. Recordó que, un año atrás, allí mismo la había visto por primera vez: parada en la puerta de la cafete