Martina alzó el vaso, apuró el último trago y lo dejó en la mesa. Pero todo eso ya era pasado.
Una semana después, recibió el alta y volvió a casa para recuperarse.
Ahora tenía días desocupados. Coincidió con el turno libre de Luciana y la invitó a salir: primero shopping y luego arreglo del cabello.
Acordaron verse… y la primera parada terminó siendo la biblioteca. Martina fue a sacar libros de su especialidad.
—Tú sí que no paras —se rió, sin poder evitarlo, Luciana—. ¿Apenas despiertas y ya te pones exigente contigo?
—¿Exigente de qué? —Martina sonrió—. No me voy a desvelar. Es para ojear cuando tenga ratos muertos. —Se señaló la sien—. Siento la cabeza vacía. Si no la alimento, se me oxida.
—Bueno —cedió Luciana—. Pero no te excedas. El cuerpo todavía necesitaba cuidados.
—Lo sé.
Al salir de la biblioteca, ahora sí se fueron de tiendas. Martina miró y probó; Luciana casi no necesitó nada.
—¿No te animas? —insistió Martina—. Ya cambió la temporada. ¿No te toca renovar clóset?
Lucian