Al oír el nombre de Salvador, Martina se quedó pasmada, un instante lenta, como si no recordara a esa persona. Luego sonrió.
—Ah, claro. Sus familias siempre han hecho negocios, ¿no?
—Ajá —asintió Luciana, observando su expresión sin querer, quizá esperando alguna reacción.
Pero Martina solo comentó eso y lo dejó pasar. Cambió de tema:
—¿Tú y Alejandro no van a hacer boda?
“Qué casualidad”, pensó Luciana: días atrás el mismo Salvador le había hecho esa pregunta a Alejandro.
—Boda como tal no —dijo—. Mejor buscamos un día y reunimos a los cercanos para celebrar en grande.
—¡Wow! —Martina la miró con envidia divertida—. ¿Me cuentan, sí?
—¿Pues cómo no? —Luciana le lanzó una mirada fingidamente severa—. Si no lo hemos hecho, es porque te estábamos esperando.
—¡Jaja! —Martina alzó el mentón—. Soy tu mejor amiga, obvio.
Como Luciana tenía cirugías pendientes, no se quedó mucho; charlaron un rato y se despidieron.
En esos días de visitas, la habitación de Martina se había llenado de flores,