Salvador no se atrevió a asentir de inmediato; miró a Laura, la mamá de Martina. Ella cruzó la mirada con su esposo y ambos asintieron al unísono. Al fin y al cabo, eran padres: siempre iban a ponerse del lado de su hija.
Entonces Salvador inclinó la cabeza.
—Por supuesto.
Le apretó la mano a Martina.
—Vamos. A casa.
—Ajá —respondió ella.
Cuando llegaron a la casa de los Hernández ya estaba por amanecer. Se arreglaron lo básico y se fueron a dormir.
Martina y Salvador se quedaron en el cuarto qu