Al día siguiente, la isla amaneció con lluvia.
Martina se levantó más tarde de lo usual y Salvador decidió juntar desayuno y comida en uno.
Habían preparado una olla de caldo de huesos al centro, sin picante; con el clima fresco caía perfecto. Había de todo para ir echando a la olla, y el fondo lo había hervido desde el día anterior. Salvador se encargó de cocinar; Martina, de comer. Y, por raro que había sido en esos días, le regresó el apetito.
—Qué rico está… ¿por qué será?
—Porque lo hice yo