A Salvador se le ensombreció la mirada. Había pasado días enteros a su lado, cuidándola con esmero, ¿y eso era todo lo que recibía a cambio?
La rabia le subió de golpe; se inclinó y alzó en brazos a Martina.
—¡Salvador, suéltame! Yo no quiero ir contigo. ¿Te parece que esto tiene sentido?
Él bufó y soltó una risita fría, ignorando su forcejeo.
—Claro que tiene sentido. En algo no te equivocaste: aunque se trate de morir, solo vas a hacerlo a mi lado.
Martina se quedó helada y dejó de luchar.
La