Dicho eso, Salvador se dio la vuelta y se fue a la cocina.
Martina se quedó un buen rato donde estaba y, al final, se dejó caer en el sofá con el ánimo por el suelo. “¿De verdad iba a seguir resistiéndose? ¿Todavía podía?”
Cuando Salvador regresó con la infusión, ella ya no insistió en lo imposible y se la tomó sin protestar. Al terminar, él, como siempre, le ofreció un dulce de fruta.
—Para endulzarte la boca.
Martina apartó la mirada sin responder. Si ella no podía salirse con la suya, él tamp