—De acuerdo.
A la mañana siguiente, después de desayunar, Salvador llevó a Martina a dar una vuelta. No tomaron el auto: cada quien salió en bicicleta, ligero y a gusto.
Apenas cruzaron la puerta, Martina se dio cuenta de que la isla no era lo que había imaginado. Pensó que sería un destino turístico, de esos que en temporada están a reventar; pero incluso a plena luz del día no se veía una marea de gente.
—¿Y aquí…?
—¿Te parece raro? —sonrió Salvador—. Esta isla no está desarrollada. Solo viven