En ese instante, el tiempo pareció detenerse, junto con el rumor de la calle.
Se quedaron abrazados en silencio, largo rato, hasta que Luciana tuvo que interrumpirlo.
—Ale… mi brazo —ya le dolía de sostener lo que traía.
—¡Oh! —Alejandro reaccionó de golpe, la soltó y le quitó lo que cargaba.
Ella había comprado un pollo en la feria; ya venía limpio, atado con una cuerda de ixtle.
—Balma me pidió que lo comprara para hacerle caldo a Pedrito —explicó Luciana.
—Lo sé —dijo Alejandro. Llevó el poll