Entró al aeropuerto con la escolta de la patrulla de tránsito y logró pasar sin demoras. Aun así, ya era tarde.
—El vuelo a Vancouver acaba de despegar —le informó el personal de tierra.
¿Despegó? Alejandro sintió que iba a estallar: había corrido contra reloj y, aun así, no la alcanzó. Desde el mediodía todo se le había torcido. Siempre faltaba un paso. ¿Broma del destino?
“Lo que no da el cielo, lo pongo yo”, se dijo.
Poco después, Sergio López llegó manejando hasta el aeropuerto de Bahía Sere