En ese entonces, si él aún quería ver a Alba, Luciana no se lo habría impedido. Y si no le resultaba posible, también lo habría entendido.
Después de casi una hora de juegos, padre e hija se habían ido a bañar. Cuando salieron, llevaban puestas unas pijamas a juego que Alejandro había preparado. La niña, acurrucada en su abrazo, parecía un “Alejandro en miniatura”.
Cada día se parecían más.
Si Luciana recién hubiera regresado de Frankbram con la niña y se hubiera plantado frente a Alejandro, ni