Como Luciana no regresaba, Martina la esperó en la sala de abajo. Reclinada en el sofá y con la tele encendida, cabeceaba cuando oyó ruido en el recibidor.
—¿Luci, ya volviste?
Bostezó y se puso de pie. Sin el foco principal, la sala quedaba en penumbra: en la entrada, Luciana estaba quieta, con el vestido de novia puesto. La cola, lujosa, se abría a sus pies como una alfombra de luz.
—¡Guau…! —Martina no pudo evitarlo—. Está precioso.
—¿Es tu vestido?
—…Sí.
—¿Lo diseñó Fer? Ese tipo… tiene un t