Luciana seguía sentada como si no hubiera escuchado.
Fernando soltó un suspiro casi imperceptible. Bajó del auto, rodeó hasta su puerta y la abrió. Ella aún llevaba el vestido recién salido del taller, hecho a medida y diseñado por él.
—Ven —le ofreció el brazo—. Baja, despacio.
Aun de pie frente al portón de la villa Herrera, Luciana no lograba darse la vuelta para entrar. Lo sujetó de la mano.
—Fer…
Porque lo sabía: “Si entro, se termina”.
—Adentro —dijo él muy bajo, despegando, uno por uno, l