Luciana se recostó en el sofá, escuchando el movimiento en la cocina. No pudo con la curiosidad y, en puntitas, se asomó.
—¿Necesitas que te ayude?
—No —Fernando señaló la isla—. La empleada por horas dejó lo básico adelantado. Y lo que falta… no es precisamente tu fuerte.
Luciana frunció la boca, sin replicar.
—Ve y descansa. Tú solo espera a comer.
—Está bien.
Como de verdad no había nada en lo que pudiera meterse, se resignó a ser “jefa de manos libres”.
—Gracias por el esfuerzo.
—Mi mejor pa