En realidad todavía no habían firmado por el civil ni celebrado la boda, pero últimamente Fernando la llamaba “mi esposa”. Siguiendo la costumbre, su matrimonio era un hecho; llamarla así no desentonaba.
El auto tomó camino y, al rato, a Luciana le nació la duda: ese no era sino el rumbo a la villa de Playa Plata. Que él la llevara allá no era extraño; llevarla en vestido de novia y con tanto misterio, sí.
Al final, el coche entró en Playa Plata. Fernando estacionó, rodeó el auto y la ayudó a ba