Desde ese día, Vicente se volvió un visitante habitual en la villa Herrera. No llegaba a ir diario, pero su frecuencia superaba con creces el típico “cada tanto”.
Nunca venía con las manos vacías.
Comida, mínimo.
Además, siempre traía algún detallito para Martina.
Ella lo aceptaba todo sin reparos. Antes, siempre se habían tratado así: cada vez que Vicente viajaba, le traía algo, caro o sencillo, daba igual. Ahora solo estaban volviendo a esa dinámica. A Martina no le parecía raro.
Sobre todo po