—¿Y me lo preguntas? —Luciana se rio—. Anda, sube; Marti está que se muere de aburrimiento. Ve tú primero, yo termino de calentar el caldo.
—Bien.
Vicente subió.
Apenas empujó la puerta, oyó el suspiro de Martina.
—¡Por fin subiste! ¡Me muero del aburrimiento!
En estos días, Luciana le había confiscado el celular y le medía los minutos de televisión: “te hace mal a los ojos”, decía. Salvo dormir, Martina solo podía quedarse mirando al techo. ¿Cómo no aburrirse?
—Marti.
Vicente arrimó una silla a