Por la noche, Luciana le secaba el cabello a Martina y le ponía aceite para las puntas.
—Él no estará en Ciudad Muonio mañana ni pasado —dijo Martina, obediente en la silla, aún con la voz un poco nasal.
Luciana entendió al vuelo.
—Bien. Lo tengo. Yo organizo todo.
—Ajá —Martina sonrió y le apretó la mano—. Menos mal que te tengo.
Para que no hubiera tiempo de pensarlo de más, Luciana llamó de inmediato a la doctora Alondra Benítez.
—Claro, vengan al mediodía —aceptó ella con toda disposición. A