—Sí.
Años después, Salvador lo recordaba con lujo de detalle.
Venía de jugar squash con Jacobo y planeaban bajar por algo de tomar. Al pasar frente a la cafetería del hotel, te vio.
Estabas con la cara alzada, mirando el menú de pared; murmurabas los sabores, dudando una y otra vez sin decidir qué cono pedir.
Salvador se rió solo al contarlo; los ojos le brillaron.
—Tenías cachetitos de bebé todavía, redonditos, como un bollito tibio. Preciosísima.
Martina escuchaba, abstraída. Nunca se lo había