Esta vez, la bola le cayó toda en el cabello: quedó como un viejito canoso.
—¡Pequeña traviesa! —Alejandro se sacudió la nieve y meneó la cabeza—. ¿Y el juego limpio? ¡No corras! ¡Ahora sí voy en serio!
Hizo una bola grande, de dos manos.
—¡Nooo! —Luciana chilló entre risas—. Por favor, Ale, no, no, no.
Juntó las palmas, pestañeó con carita inocente.
Alejandro se derritió al instante. ¿Cómo podría? Y menos con ella aún recuperándose.
—Está bien —arqueó las cejas—. Te perdono… esta vez.
—Gracias,