¿Cómo no iba a estar ansiosa? Esa semana, Salvador prácticamente se le pegó a la piel. Salía a la oficina lo justo y, en cuanto podía, regresaba temprano a casa para acompañarla.
Martina sentía que había algo de empeño en ese esmero. Como si él se repitiera: “mientras yo esté aquí, no nos vamos a separar”.
Pero a Martina la rondaba otra certeza: “lo nuestro no está hecho para durar”. Como si Dios ya hubiera jugado su carta cuando la enfermó.
Al despertar de la siesta, algo le sonó a alerta. Tomó