—Bastante bien —dijo Julia—. La señora come con ganas, como siempre.
—Entendido.
A Salvador se le aflojó el pecho. Bien. Temía que, por llevarle la contraria, Martina hasta dejara de comer.
Eso era algo que admiraba de ella: por más diferencias o roces que tuvieran, nunca mezclaba las cosas ni hacía berrinches gratuitos. Era razonable. Lástima que, en lo esencial, sus razones nunca terminaran de encontrarse.
Cruzó al jardín trasero.
El sol caía tibio, nada agresivo; calentaba la piel como una ma