Martina cerró la maleta; su decisión de irse era férrea.
—¡No te vas!
Salvador le arrancó el equipaje de las manos y, como si no bastara, de una patada lo aventó a un lado.
Martina se quedó helada.
—¿Cómo que “ya no puedes”? —escupió Salvador—. Doctora Hernández, con todo tu título, ¿en serio no sabes que la palabra se cumple?
—Sí —asintió—. Así debería ser.
—Entonces…
—Pero —sonrió leve—, la vida es corta. Lo entendí de golpe: quiero, por fin, hacer las cosas que siempre he querido.
—¿Y estar c