—Salva.
Salvador se volvió. Estella lo miraba con una sonrisa luminosa.
—Gracias —dijo con sinceridad—. De verdad, muchísimas gracias.
Sin él, no habría logrado un divorcio tan limpio ni una repartición tan justa.
—No hay de qué —Salvador negó con la cabeza—. Fue lo mínimo.
La sostuvo con la mirada y, con voz grave, añadió:
—Ya estás libre de un matrimonio sin salida. Es momento de empezar tu vida de nuevo. Estella, vívela bien.
Estella parpadeó. ¿Por qué esas palabras le sonaron a despedida? Fi