El loco cayó a un lado y de inmediato varios hombres se le fueron encima para reducirlo. No solo había llegado Juan Muriel: también irrumpieron los hombres de Enzo Hernández.
—¡Jefe! —Juan se agachó y levantó a Alejandro; al verlo así, aquel grandulón no pudo evitar que se le humedecieran los ojos—. ¡Maldito animal, Domingo Guzmán!
—¡Luci! —Enzo llegó un paso después y alzó a su hija en brazos. Al padre se le desbordaron las lágrimas. ¿Qué desgraciado había dejado a su niña en ese estado?
Clavó