Apretó los dientes y soltó, casi en un gruñido:
—Ya estamos metidos hasta el fondo… que sea lo que tenga que ser. Hoy, si vivimos, vivimos juntos; si nos toca morir… morimos juntos. ¡Ah…!
Detrás, el hombre volvió a acortarles distancia.
No era más que un demente. Podía alcanzarla cuando quisiera: era hombre, fornido, con ese cuerpo robusto de europeo, y Luciana cargaba a Alejandro a la espalda. Pero él se deleitaba con la persecución, saboreando el miedo.
—¡Corran, ja, ja…! —se carcajeó—. ¡Pacie