—Ja… —Alejandro le apretó la mano y, para sorpresa de ambos, sonrió: una sonrisa de alivio—. Así que eras tú… menos mal que eras tú. Luci, qué bien.
A la mujer que amaba, desde el principio y hasta el final, siempre la había elegido su propio corazón.
—Ale… —a Luciana le tembló el alma—. Perdón, perdón…
—No te culpes —él alzó la mano con esfuerzo y le rozó la mejilla—. Los dos fuimos víctimas. No hace falta castigarnos más, ¿sí?
—Sí —asintió con fuerza, aferrándolo—. Por Alba, tienes que aguanta