—Ah, cierto. —Luciana recordó de golpe—. Esta vez Ale vino a Toronto porque… se robaron la urna del abuelo Miguel.
—¿Qué? —Lucy se quedó pasmada y llena de rabia—. ¡Qué barbaridad! ¿Dónde quedó lo humano?
La hermana menor que le quita el hombre a la hermana mayor, el padre que no ve por el hijo… y ahora el hijo usa hasta las cenizas de su propio padre.
Lucy apretó la mano de Luciana. Si a ella ya la hervía la sangre, ¿cómo no iba a dolerle a su hija?
—Con razón… —Enzo meditó, miró a su hija y du