Había vivido en casas grandes, sí. Pero las reglas urbanas de Ciudad Muonio no tenían nada que ver con lo que ahora veía en Toronto. O quizá no era Toronto, sino la familia Anderson.
Frente a ella se abría una mansión que, por donde se mirara, olía a siglo: piedra antigua, molduras pesadas, árboles viejos. Un terreno que no se veía dónde terminaba; edificios sólidos, majestuosos, que habían resistido el tiempo sin perder brillo.
“Ya entiendo —pensó— por qué más de uno ha querido borrarme del map