Enzo no podía con el llanto de Luciana.
—No llores… Ya entendí. Me encargo ya mismo. Voy a mover gente para encontrarlo.
Luciana tragó aire. Abrió la boca y apenas le salió un hilo:
—Están llamando a abordar. Me voy.
—Espera. —Enzo la detuvo con prisa—. ¿En qué clase vas? A Toronto son casi diez horas; en económica te vas a moler.
“¿Y qué? ¿Cuánta gente no vuela así?” pensó. Aun así, dijo:
—No pasa nada…
—Sí pasa. —Enzo por fin tenía una excusa para consentirla—. Quédate tantito en la puerta. Ah