El bullicio al otro lado del teléfono era claro: no estaba sola; se oían voces de hombres y mujeres.
—¿Estás afuera, con tus compañeros? —Salvador se tragó el mal humor y habló suave—. Ya es tarde. Voy por ti.
—¿Por mí? —Martina se sorprendió—. ¿Volviste?
En su tono había más asombro que alegría. A Salvador se le crispó algo por dentro, pero no lo dejó salir.
—Sí, ya estoy aquí. ¿Dónde estás?
—No hace falta… —ella quiso cuidarlo—. ¿Recién llegaste? El vuelo cansa. Duérmete temprano…
—¿Dónde. Est