Revisó con cuidado la mano de Salvador: una astillita de vidrio le había abierto un corte fino; nada más.
—Voy a comprarte una curita y te la pego…
—Espera. —La sujetó—. No vayas. O voy contigo.
Con esa mirada entre ansiosa y cauta, era claro: después de lo de hace un rato, no quería dejarla sola.
—Está bien, me quedo.
Llamó a un mesero y pidió una curita. La sacó del envoltorio y se la colocó.
—Listo. Nada grave.
Salvador flexionó los dedos y sonrió de lado.
—La siento medio torpe.
“¿Torpe por