Entre la gente alguien soltó una risita.
—Señor guardia, hágale el favor —dijo uno—. ¿No ve que está desesperada?
—Sí, pobrecita —añadió otro.
—Asuntos de pareja no son mi problema —cortó el guardia, harto—. Yo respondo por la seguridad de los residentes. ¡Circule, por favor!
Martina estiró el cuello para mirar. Al volver la vista a Salvador, le notó el gesto cambiado.
—¿Qué pasa?
Ya no necesitó respuesta. Reconoció a la mujer que armaba el alboroto. Salvador, con solo oírla, ya la había identif