Alejandro seguía sentado en el sofá. Daniel se volvió; solo alcanzó a ver su espalda.
—Eres capaz de usar a tu padre moribundo —su voz salió baja, cortante—. El abuelo tenía razón: su hijo murió hace mucho.
—¡Alejandro, yo…! —Daniel se descompuso.
—Fuera. —Lo cortó en seco—. No tengo nada que hablar con alguien como tú. Sergio.
—Aquí —Sergio se puso delante de Daniel—. Retírese ya, por favor. Si no, no respondo.
A Daniel no le quedó otra que tragarse las palabras y seguir a Marisela y a Domingo