Despachó al médico y volvió junto a Martina. La incorporó a medias.
—Marti, despierta. Hay que tomar la medicina.
Entre fiebre y cansancio, ella estaba fastidiada; le apartó la mano con un manotazo.
—Qué bulla…
—¿Te sientes mal? —Salvador no perdió la paciencia—. Con la pastilla te vas a sentir mejor.
Ella por fin abrió los ojos. Le ardían los párpados; le dolía todo. Sabía medirse: era médica.
—Ajá —asintió, y se dejó sostener. Él le dio las pastillas y después un poco de agua.
—Así me gusta —l