—Por la cara que traes, estás furioso —Martina le sostuvo la mirada—. ¿Quieres pegarme?
Le tomó la mano y se la llevó a la mejilla.
—Dale. Hazlo.
Salvador contuvo el brazo. Por muy enojado que estuviera, jamás le pegaría a una mujer. Pero sí, le temblaba la rabia.
—¿No vas a hacerlo? —Martina alzó una ceja—. Entonces grábalo bien: si hace falta, lo voy a decir una y otra vez.
—Perfecto. Excelente —él palideció de coraje—. Todo esto por Vicente. Dime la verdad: ¿no lo has olvidado?
Había oído que