—Cof…
Salvador, todavía con los nervios arriba, apretó sin querer. Martina frunció el ceño y se atragantó.
—Cof, cof…
El susto lo desarmó.
—Marti, ¿estás bien? Yo… es mi culpa… —bajó la voz—. No fue a propósito.
—Lo sé, andas de malas —respondió ella, ronca—. Pero desquitarte conmigo también es de mal gusto.
—¿De mal gusto? —los ojos de Salvador se enturbiaron—. Si de veras fuera tan bajo, a Vicente ya lo habría sacado a patadas.
—¿Y para qué? —Martina logró contener la tos; hablar le costaba ai