Vicente se quedó mirando la reja desde lejos. Tal vez era la lluvia, pero el frío le caló hasta los huesos.
Siempre creyó que su culpa con Martina pesaba más que cualquier tristeza. Pensó que la veía como a sus otros mejores amigos —Luciana y Fernando—, sin diferencia.
Hasta hace un momento.
Verla con Salvador; verlo a él, dueño de la escena, recibiéndolo y dándole las gracias como a un invitado… le abrió una grieta en el pecho. Un dolor raro, profundo, como si un temblor le hubiera desacomodado