Mónica lo notó y sonrió para sí misma: ¡el aroma estaba surtiendo efecto!
Con una expresión de aparente tranquilidad, preguntó:
—Alex, ¿tienes calor?
Alejandro asintió.
—Sí.
—Deberías quitarte el saco, entonces —sugirió Mónica mientras se levantaba y se acercaba a él, colocando sus manos en el cuello de su camisa.
Pero, de repente, Alejandro la detuvo, sujetando sus muñecas.
Sus profundos ojos parecían arder en llamas, y cuando habló, su aliento era cálido, como si emanara calor.
—¿Qué estás hac